Desierto sonoro (2019) narra la historia de un matrimonio de documentalistas –en palabras textuales: ella, documentalista; él, documentólogo – que viaja en coche desde Nueva York hasta Arizona en lo que será, tal y como nos anuncian ya las primeras líneas del texto, su último viaje antes de que se rompa la familia en dos.  

Ella quiere documentar la crisis humana de los migrantes que tratan de atravesar la frontera desde México en el Estados Unidos de Trump. Él utiliza los sonidos para viajar en el tiempo a la tierra de los apaches, “los últimos pueblos libres antes de rendirse a los ojos blancos y ser desplazados a reservas”. En el viaje, los acompañan sus dos hijos, un equipo de grabación sonora, una cámara polaroid y siete cajas de archivo para documentar el proceso. 

Valeria Luiselli nos propone así un viaje a la frontera entre México y Estados Unidos, viaje que acaba transportándonos a muchas otras fronteras y más allá del significado literal de la palabra: las fronteras que erigimos entre familiares y seres queridos, las fronteras del tiempo, de la física y del sonido, las fronteras culturales, lingüísticas e individuales y, de una manera sutil, pero rompedora, las fronteras formales de la literatura.

Entre la literatura y el documental

La autora, nacida en México y residente en Nueva York, plasma varios acontecimientos de su propia experiencia vital, hasta tal punto que a veces nos preguntamos si estamos leyendo un relato autobiográfico. Pero el juego formal de Desierto sonoro va mucho más allá de la autoficción, mezclando relatos inventados con hechos comprobables, referencias bibliográficas, transcripciones de informes, mapas, canciones, etc. en una obra que está a medio camino entre la literatura y el documental. Porque, ¿desde cuándo la literatura de ficción tiene referencias bibliográficas? Y es que también accedemos a las cajas de archivo que lleva la familia en el maletero, donde guardan libros, documentos oficiales y, como descubrimos al final del libro, todas las fotografías del viaje que nos hacen preguntarnos si todo lo que acabamos de leer realmente ha sucedido tal y como lo presenta la autora.

Una novela dentro de la ¿novela?

El juego entre literatura y realidad llega a su punto álgido con la narración de Elegías de los niños perdidos, novela inventada dentro de la ¿novela?, que según la narración fue originalmente escrita por una tal Ella Camposanto en italiano y traducida al español por Sergio Pitol. La familia va leyendo las elegías a lo largo del viaje y acercándonos a la historia de siete niños centroamericanos que viajan desde Guatemala, atravesando México montados en el tren de la Bestia, hasta alcanzar la frontera (y el desierto) que los separa de Estados Unidos. La narración de esta novela acaba confluyendo en el tiempo y el espacio con la narración principal, cuando dos de las niñas perdidas parecen salir de la novela y se encuentran a los niños de la familia protagonista, haciéndonos creer por un momento que las niñas perdidas son las hijas que busca una amiga de la documentalista. La frontera entre lo real y lo ficticio queda totalmente borrada en lo que ni siquiera sabemos si es una alucinación desértica o un juego literario quijotesco.

Valeria Luiselli nació en la Ciudad de México en 1983 y ha vivido en numerosos países, entre ellos, Estados Unidos. Escribe en español y en inglés (Desierto sonoro fue escrito originalmente en inglés) y ha recibido varios premios por su escritura. En Nueva York trabajó como traductora para la defensa de niños migrantes en la Corte Migratoria del estado y parte de sus experiencias como traductora fueron plasmadas en el libro de ensayos Los niños perdidos y posteriormente en Desierto sonoro

Foto de Max Böhme en Unsplash.